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En los países «del vino», como España y otros tantos de la vieja Europa, el vino se valora por la costumbre de su consumo habitual, por los aspectos económicos de mercado y, por qué no, por el placer en beberlo y como objeto que ha encontrado en el arte una posición y trato que podríamos considerar, incluso, privilegiados.
Estos aspectos mencionados se aceptan sin ningún recelo, pero no ocurre lo mismo si considerásemos otros.Así, por ejemplo, la sabiduría y el empirismo antiguo le han querido conceder, muchas veces, propiedades maravillosas relacionadas con la salud. Suelen ser afirmaciones difíciles de aceptar, pero que siempre nos sorprenden. Es cierto que el racionalismo de nuestros días ha desvelado muchas supercherías que estas presuntas indicaciones medicinales encierran; sin embargo, no dudemos que alguna de estas supuestas propiedades, resultado de una exquisita intuición,en algún caso valdría la pena volverse a discutir.No es difícil llegar al acuerdo unánime en decir que el vino no es un medicamento, sobre el particular no tenemos dudas; en cambio no es tan fácil admitir que es un alimento.Y la razón primera de esta situación es la neta divergencia que existe entre los criterios de los Ministerios de Agricultura y Salud de
los diferentes países. Estamos frente a dos posiciones contradictorias difíciles de compaginar, pero, además, no podemos olvidar las fuertes presiones de determinadas organizaciones internacionales, como son el Codex (Codex Alimentarius Mundi), la OMS y la Food and Drug Administration (de EUA).Es cierto que el mensaje vino/salud ha recorrido un largo trayecto basado en abundantes investigaciones en campos muy diversos,como son la enología, la bioquímica y la medicina. Hoy día disponemos de datos y resultados fiables, gracias a importantes estudios epidemiológicos. De todo este material ha sido fácil crear un estado de opinión muy favorable, respecto a los beneficios de salud que supone el consumo de vino, tanto entre el gran público, así como entre los médicos y los investigadores.Sin embargo, por atractivos que sean los comentarios que puedan hacerse y las noticias que puedan surgir, no debemos olvidar que los grandes avances que se nos ofrecen,casi exclusivamente, derivan de estudios epidemiológicos. A los que no vamos a restar sus grandes méritos de observación y tratamiento de datos sobre amplias poblaciones humanas, cada vez mejor controladas en la multitud de variables a considerar.Agradaría trabajar con otros criterios diferentes a los rigurosos médico epidemiológicos que ofrecieran otra racionalidad en sus argumentos, es decir, demostraran de una manera más concluyente la relación causa/efecto, postura más habitual al método del analista plural, sea químico, biólogo, bioquímico…Podemos comentar, que hoy día, este deseo de conocer «algo más» que sólo los resultados epidemiológicos ya empieza a ser una estrategia aceptada que permitirá alcanzar otra credibilidad más ampliamente aceptada.No hay que despreciar la famosa expresión «paradoja francesa», que se acuñó en 1991 y que ha sido motivo de controversia y de difusión periodística poco prudente y sensacionalista, pero lo cierto es que en el mundo científico no nos escondemos en hablar de un antes y un después de la «paradoja francesa».
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